martes, abril 18, 2006

Ansiedad

No logro concentrarme, no hago más que pensar en lo que pide mi cuerpo. Lo que necesita. Pienso en el cajón y mi mente vuela… Se me resecan los labios y mi cuerpo se estremece con la negación. Paso la punta de la lengua por los mismos para humedecerlos y los mordisqueo en ese gesto nervioso tan característico en mí… y esto produce otro estremecimiento. Mi cuerpo esta tenso, como si fuese una vara, a punto de partirse.

Me levanto de la cama y voy a la cocina… Me preparo un café y lo llevo al despacho que tengo en casa. Necesito ocupar mi mente en otras cosas. No quiero pensar en el cajón… Quiero alejarlo de mi mente. En estos momentos es mi peor enemigo y a la vez, es mi mundo. Pero lo alejo.

Enciendo el ordenador y me dedico a mirar el correo electrónico. Contesto algunos que llegaron hace días y no me he dignado en responder. Los que no me interesan, los voy borrando sin abrir. Mi cuerpo se va relajando poco a poco. Por unos momentos, quizás hasta minutos… logro olvidar. Si olvido puede llamarse a cinco minutos sin pensar en lo deseado.

El timbre del móvil me saca de mis pensamientos. Respondo, –¿Hello?-. Escucho su voz. Mi cuerpo vuelve a tensarse. La oleada me entra por el oído y va tomando ímpetu mientras recorre mi cuerpo. Se estrella contra carne, órganos vitales y huesos, deja a su paso todos los nervios de mi cuerpo desequilibrados... a flor de piel.

No escucho lo que me dice… Solo respondo con un – Aja- . Las palabras no importan. Lo que importa son las sensaciones que su voz están produciendo y me dejo llevar… Las imágenes revolotean como mariposas por mi mente, y no tengo fuerzas para alejarlas, para centrarme en las palabras y responder coherentemente a lo que me esta diciendo o preguntando.

Dejo que la primera imagen se manifieste por completo. Ya no es un relámpago. Toma forma… Entrecierro los ojos, mientras escucho su voz. Mi respiración se entrecorta y mi cuerpo se estremece con más fuerza. No hago nada para frenarlo. Al contrario, dejo que haga lo que le plazca. Me entrego por completo a sus deseos… a su capricho.

- ¿Estas ahí? -, escucho su pregunta entre brumas. Por el tono de su voz, presiento que la ha repetido varias veces… Tengo que centrarme y responderle. No quiero que se entere el estado en el que me encuentro. – Si, si estoy –, le respondo y bloqueo las imágenes que luchan por manifestarse. Él sigue hablando después de mi confirmación. Intento mantenerme alerta a lo que dice, pero se me hace muy difícil. Se despide con urgencia, susurrando un – Llega gente, hablamos luego - y corta la comunicación.

Me quedo alelada mirando la pantalla del ordenador y vuelvo a pensar en el cajón. Ahora más que antes la imagen del cajón vuelve para atormentarme. Mis nervios crispados hacen que los estremecimientos de mis carnes se intensifiquen. La energía que mi cuerpo lleva acumulando durante días, necesita un punto de escape. Me esfuerzo por controlarla, pero pierdo la batalla. Es más fuerte que yo…

Como una autómata me pongo en pie y voy a mi habitación. Llego ante el armario y lentamente comienzo a desnudarme. Primero dejo caer los tirantes del camisón de mis hombros y este cae como una nube de algodón blanco alrededor de mis tobillos. Mis dedos atrapan el elástico de mis bragas y las deslizan por mis piernas lentamente. Me deshago de ellas dando un meneo a mis pies. Me arrodillo sobre la nube blanca que ha formado la ropa que hace solo unos segundos cubría mi cuerpo.

Corro la puerta del armario y ahí esta el cajón. El tercero a la izquierda. Lentamente tiro y lo abro. Mis ojos encuentran lo que buscan. Una cuerda de algodón color tierra que hay enroscada en la esquina. La tomo y la acaricio con las yemas de mis dedos mientras pienso en otras veces que he hecho lo mismo. No, no es la primera vez que la voy a usar. Ya esta preparada a mi gusto. O mejor dicho… Preparada según las ordenes que él me dio en su día.

Lentamente la desenrosco. Son cuatro metros de soga, cortados en dos y unidos de nuevo mediante dos nudos casi al centro. Los nudos tienen una separación de unos catorce centímetros. Están anudados en triplicado para formar nudos gruesos, voluptuosos… ásperos. Nudos que castigan e incomodan… Nudos de placer.

El ritual esta a punto de comenzar. Es la primera vez que lo hago sola. Me ofreceré a mi misma, lo que siempre he ofrecido a otro. Entregada por completo en un ritual dedicado al deleite de la carne y al alma sometida que habita en mi cuerpo.

Así, arrodillada sobre mi camisón, separo las rodillas. Tomo la posición de descanso mientras echo hacía atrás mi melena que entorpece mis movimientos y aspiro profundamente. Humedezco mis labios con la punta de la lengua y cierro los ojos. No necesito ver, solo sentir.

Me incorporo un poco, separo las nalgas de mis talones y paso un extremo de la soga entre mis piernas. Busco los nudos con mis manos… Uno lo acomodo en la entrada de mi culo y con los dedos crispados por la ansiedad que invade todo mi ser, separo mis labios y coloco la soga entre su humedad. Tenso la soga y el otro nudo queda justo encima de mi clítoris. Mi cuerpo se estremece de anticipación y deseo. Sin dilatar, tomo los cuatro extremos y voy tejiendo a ciegas. Confecciono una especie de braga ajustada con la soga. Los nudos quedan justo donde los he colocado. Siento la transformación que siempre toma lugar. Atrás queda ¨ La Señora ¨ y en su lugar ha surgido la Gata… la puta, la zorra entregada que es un juguete para ser usado. Pero esta vez, camino sola.

Vuelvo a posar mis nalgas sobre mis talones… Descanso las manos sobre las rodillas y dejo de pensar, solo siento. Me contoneo... Me muevo al ritmo de las olas que juegan en el mismo centro de mí ser. Siento los nudos haciendo estragos en mi entrepierna… Las imágenes que he suprimido mientras hablaba por teléfono vuelven con una intensidad que me corta la respiración. Jadeo mientras mi cuerpo se mueve y dejo que surjan con completa lucidez.

Una habitación. Iluminada solo por la calida luz de las velas. Solo podía ver un trozo de pared en penumbra delante de mí… Estaba atada a un potro de madera, forrado con una tela acolchada donde descansaba mí estomago. Llevaba puesta la braga de cáñamo y nada más. Mis tobillos estaban atados con gruesas cintas de cuero, al igual que mis muñecas. No podía moverme, ni quería hacerlo. Cerré los ojos y me dispuse a disfrutar de lo que tenían previsto para mí.

El único sonido que se escuchaba era una dulce melodía que brotaba de un reproductor de música… Sentí una mano haciendo contacto con mi piel. Comenzando en la hondonada de mi cintura, bajando hasta mi cadera para después girar y terminar sobre mi nalga derecha. Al sentir la mano, mi cuerpo se tenso. Manteniéndose tenso en todo momento que duro la caricia. Caricia o mas bien reconocimiento… Como el que hace un jinete cuando esta ante un potro que le llama mucho la atención y lo acaricia anticipando la cabalgata.

La mano que unos momentos antes inspeccionaba, ahora jugaba con la cuerda que subía entre mis nalgas para terminar en un trenzado a mi cadera. La asió con sus dedos y tiro de ella levemente, probando su resistencia. El placer que me dio ese tirón, hizo que moviese mis caderas sin pensarlo. Escuche antes de sentir el estallido de su mano haciendo contacto con mi piel. Me azotaba sin decir palabra. Deleitándose con los quejidos que brotaban de mi garganta y los movimientos de mis caderas. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los que su mano producían al hacer contacto con mi piel, mis ronroneos y la melodía que seguía sonando.

Dejo de azotarme y una vez más sentí que tiraba de la soga. Un placer indescriptible me inundo. La piel de mis nalgas ardía, las sentía al rojo vivo después del castigo. Estaba segura que la soga que tanto mortificaba y deleitaba, estaba completamente encharcada. Leyó mis pensamientos, porque sus dedos se perdieron entre mis piernas. Echaron a un lado la soga y me penetraron sin remilgos. Clavándose hasta el fondo y buscando lo que no tardo en llegar. Mis gemidos se hicieron incontrolables. Si no cesaba, me correría. No lo podría evitar. Una, dos, tres veces sentí como me llenaba con sus dedos. Y la presión que siempre me avisa que están a punto de llegar las olas de placer, se manifestó. Comencé a maullar entre ronroneos de placer. Maullé como lo que era en esos momentos, una gata en celo. Mis maullidos eran una suplica que pedían permiso para correrme.

La mano se retiro de mi entrepierna. El vacío que sentí me hizo sollozar mientras mordía mis labios para que no se escuchase. Un sollozo entrecortado y lleno de angustia. La angustia que se siente cuando estas a punto de tocar el paraíso y en lo que pestañeas, te lo arrebatan de las manos. El tiempo se paralizo. Jadeaba e intentaba llenar mis pulmones de aire. Me lo tragaba a bocanadas para calmar mi ansiedad. Logre controlar los temblores que recorrían mi cuerpo, pero la tregua duro poco.

Una vez mas su mano azoto mis nalgas. No estaban lo suficientemente castigadas para la satisfacción de quien azotaba. No sé cuantos azotes cayeron sobre mi piel enfebrecida y ultrajada, pero fueron muchos. Como lo fueron los quejidos de dolor que arrancaban de mi garganta. Tanto fue el dolor que se convirtió en placer. Mis caderas se contoneaban en ese ritmo silente que toda mujer debería conocer, y que pocas conocen. El ritmo de la hembra en celo… Ese que en su silencio grita, ¨Ven!!… ven y fóllame que soy tuya!!¨.

La mano echo a un lado la cuerda y sentí como me clavaban algo en el coño. No sabía lo que me había penetrado, ni me importaba. Solo sentía el placer de sentirme llena, de sentirme más puta aun si cabe… y grite. Un grito desgarrador. Dejando saber que eso era lo que esperaba. Que quería y deseaba ser follada bestialmente hasta terminar bailando sobre olas de placer. No tuvo misericordia, me penetraba una y otra vez sin dar tregua. Tregua que yo no quería. La presión comenzó a lamer mis entrañas una vez más. Las olas estaban al llegar en cualquier momento y me preparé para la danza.

Estoy al borde del precipicio y escucho el timbre del teléfono. No quiero abrir los ojos, no quiero dejar que la imagen escape. Mis dedos siguen meciéndose en la humedad de mi entrepierna, pero estoy de guardia y tengo que responder. Sin perder el ritmo, alargo la mano a la mesilla que hay al lado del armario, tomo el teléfono y digo, – ¿Hello?-. Escucho su voz que dice, - Ahora puta, correte ahora!!-