jueves, junio 22, 2006

El Deshielo

El calor es insoportable. No aguanto ni mi propia piel. Quiero tirar de ella como hago con la ropa que cubre mi cuerpo nada más cerrar la puerta de mi casa tras de mi. Dejo caer las llaves y el bolso en la mesilla de la entrada y comienzo a despojarme de todo lo que me agobia. Atrás quedan las sandalias rojas de tacón y el pantalón blanco de lino. De camino a la cocina para buscar una botella de agua helada, me quito la camisa y el sujetador.

Bebo un trago interminable de la botella. El agua calma mi sed, pero mi cuerpo sigue ardiendo. Me paso la botella helada por mi frente, por el cuello y vuelvo a beber. Llego al salón y del sobresalto se me cae la botella de las manos. Me apresuro a recogerla antes de que toda el agua se derrame en el suelo. Con la botella a salvo, vuelvo a fijarme en Él. Esta sentado en el butacón con el portátil sobre el regazo, y tiene los pies cruzados sobre la mesa de centro. Al lado de sus pies hay una copa mediada de vino blanco y una cubitera con la botella dentro. Mi cara debió reflejar lo que pensé, porque Él bajo los pies de la mesa y en su lugar puso el portátil, se puso de pie y se encamino hacia mí. Nada más ponerse de pie, yo me agache y me puse a cuatro patas, con la mirada al suelo. Encontrarlo en mi casa sin previo aviso, me había hecho olvidar todas las normas y eso era imperdonable.

Observe sus pies descalzos cuando se puso a mi costado. Sentí como su mano tomaba la trenza que colgaba a un costado de mi cuello y tiro de ella para hacerme gatear a su lado. –¿Así que crees que tu Amo debió ir por ti en vez de hacerte caminar?- Había leído en mi cara lo que había pensado, pero le respondí con una negativa. – No, mi Amo-. Me sentí mal al mentirle, pero al entrar y verle tan fresco y cómodo mientras yo estaba muerta de calor, me hizo olvidar que Él era el Amo. –No me mientas, gata- fue todo lo que dijo.

Me llevo casi a rastras hasta el sofá donde ya había puesto una toalla. –Sube al sofá y túmbate boca arriba, gata-. Obedecí mientras respondía –Si, mi Amo-. Mientras subía a cuatro patas, sentí que aferraba la tela de mi braga y tiró de ella hasta desgarrarlas para echarlas a un lado. Nada mas tumbarme como había ordenado, su mano se poso sobre mi pezón derecho. –Cuenta hasta diez, gata- . Di un respingo al sentir el frío que mordía mi pezón, pero respondí –Si, mi Amo-, y comencé a contar.

Contaba lentamente, disfrutando del placer que el hielo me estaba dando. Sentía las gotas chorreando por mi piel. Algunas corrían por el lateral de mi teta para morir en la toalla, otras corrían por mi pecho para hacer un charquito, otras se escurrían hasta mi cuello, mientras yo contaba y disfrutaba. Ocho, nueve, y diez. Y retiro el hielo y este fue reemplazado por su boca. Cuantas emociones revuelve esa boca juguetona. La lengua avivando llamas que me quemaban por dentro, mientras calentaba la piel helada de mi pezón y este respondía enviando calambres de deseo a mi entrepierna. Mientras mordisqueaba y lamía el pezón helado, saco otro cubito de hielo de la cubitera y lo poso sobre el otro pezón. Qué agonía más deliciosa. –Cuenta, gata!- , dijo mientras retenía mi pezón entre sus dientes. Conté y me contoneaba mientras lo hacía. Dejándole saber que disfrutaba de su juego, que había olvidado el calor, la caminata y que lo haría mil veces más si al final de cada una de ellas me esperaba una recompensa tan deliciosa. Contaba entre gemidos de placer y ronroneos sin sentido. Al llegar a diez, retiró el hielo para darle paso a su boca. Lamía, succionaba, mordisqueaba y volvía a lamer. El calambre de deseo se convirtió en una tormenta de relámpagos en mis entrañas. Su mano volvió a la cubitera y se perdió en mi entrepierna. Sus dedos helados se colaron entre los labios de mi sexo y las gotas de agua helada cayeron sobre mi clítoris inflamado. Abrí más mis piernas para darle acceso a mi coño mientras él seguía lamiendo y mordisqueando mis pezones.

Quería gritarle que ya estaba lista, que no hacía falta más y lo hice mediante mis maullidos. Maullaba mientras mis caderas se contoneaban buscando la máxima penetración. Iba a terminar si no cesaba de inmediato, y di un último maullido de desesperación. Él se retiro y me miro mientras mi cuerpo seguía contoneándose de deseo. Lo deseaba tanto que era un dolor físico, un dolor que me hizo rogarle que me volviese a tocar, que me tomase como la puta suya que era. Sollozaba y suplicaba mientras mi cuerpo se revolvía de deseo sobre el sofá. Él solo respondió… – ¿No tenias calor, gata?-

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ya sabía yo que mentías como una bellaca cuando decias que no tenias a nadie... es normal en el chat tener una nariz como la de pinocho.

Saludos

Laurent

5:52 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

No tenías que haberte molestado... no leí, leo ni leeré tus privados.

Me reafirmo en lo escrito, antes de dejar claro que, ya que no me interesa seguir con esto, no volveré por el blog... por lo que puedes borrar estos comentarios o hacer lo que te dé la gana.

Tampoco te dirijas a mi en el chat

Fue un placer... hasta nunca

Laurent

3:55 a. m.  
Blogger SenSual said...

Laurent, solo una frase para ti... Cree el ladrón que todos son de su condición…

2:27 a. m.  

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