domingo, diciembre 31, 2006
miércoles, diciembre 06, 2006
Puta Bocona
Miro a mí alrededor, ahora que estoy sola. Me ha encadenado a la pared, que está hecha de ladrillos. Estos están llenos de manchas de humedad, suciedad y moho. Estoy en una mazmorra parecida a las del tiempo de la inquisición. Hay poca luz y lo que puedo observar solo hace que me resigne más a lo que está por llegar. Lo que veo es un potro de madera, nada fino ni elegante, más bien incomodo y doloroso para la persona que atarán a él.Bajé la mirada y dejé de observarlo mientras tomaba consciencia de cómo estaba en esos momentos. Gruesas y pesadas cadenas me mantienen atada a la pared de ladrillos. Atada de muñecas y tobillos en cruz, con poco espacio para moverme, no puedo evitar que mi espalda y mis nalgas rocen contra ellos. Siento la humedad en mi espalda, en mis nalgas y hasta en mis piernas cuándo me descuido y mi cuerpo roza contra ellos. Tengo frío, mucho frío. Quiero enroscarme en posición fetal y olvidarme que todo existe, que yo existo. Solo quiero que todo cese.
Éste es mi castigo. Estoy en esta situación porque he sido una puta bocona. Sí, es lo que se me ha dicho que soy, y lo asumo. Siempre he sido consciente de que todos somos responsables de nuestros actos. Yo asumo los míos. Sabía que sería castigada severamente, pero más castigo hubiese sido el callar.
Me sacó de mis ensoñaciones el chirrido de la puerta al abrirse. Levanté la mirada y no pude ver mucho más allá del potro que tenía delante. La oscuridad lo abarcaba todo. Escuché las pisadas antes de ver la silueta de un cuerpo entre penumbras. Era Él. Había regresado para terminar lo que había comenzado. No sé el tiempo que ha pasado desde que me dejó atada. Unas horas, quizás… No sé, ni me importa mucho.
No se dignó en dirigirme la palabra, cosa que agradecí. Estoy segura de que si lo hubiese hecho, yo volvería a responder. Se acercó a mi y desató primero mis tobillos y después mis muñecas. No hice gesto alguno, solo el dejar que mis brazos cayeran inertes a mis costados. No quería mirarle. Me hacia daño y no quería ver su cara mientras me lo estaba haciendo. Quería pensar que era otra persona y no Él quien me estaba castigando… quien me hacía tanto daño.
Me dio un empellón hacía el potro, y sin miramientos dobló mi cuerpo a su antojo sobre el mismo. Se agachó para atarme una vez más, esta vez las ataduras eran jirones de cuero tosco que arañaban y hacían daño. La madera donde reposaba mi cuerpo estaba llena de astillas que se clavaban en mi piel con cualquier movimiento que hacía, así que intenté moverme lo menos posible.
Al terminar de atarme, sus manos fueron al cuello de la camiseta que llevaba puesta, sentí los tirones que dio hasta escuchar que la tele se rasgaba, dejando mi espalda desnuda y mi piel llena de arañazos causados por las astillas del potro. Hizo lo mismo con las bragas que cubrían mis nalgas. Hizo con ellas una pelota y levantando mi cabeza por los cabellos, las metió en mi boca.
Al terminar, soltó mis cabellos como si le diese asco tocarme. Volvió a situarse detrás de mí. Sus manos abrieron mis nalgas y sentí como un objeto desgarraba mi culo al ser penetrada sin misericordia. Ahogué un grito de dolor mientras pestañeaba para evitar las lágrimas que brotaban de mis ojos, no le daría la satisfacción de verme llorar.
Me resigné una vez más a lo que me estaba sucediendo. Si me ponía a pensar en otros tiempos, estoy segura que me volvería loca de impotencia y el odio que sentía en esos momentos hacía esa persona que ya no conocía y a la que seguía entregada.
Mi cuerpo temblaba y yo no lo podía controlar. Tiritaba de frío y del rencor que se había acumulado en mi alma. Rencor causado por viejas heridas que no habían sanado y en las que Él no dejaba de echar sal. Él reía al ver mi dolor, burlándose de sentimientos que jamás llegaría a entender. Mofándose a gusto… ya que Él podía hacerlo.
Escuché como la caña de bambú cortaba el aire a mis espaldas. No me inmuté. Tenía muy claro lo que iba a hacer, no era la primera vez que me había castigado así. Las marcas que cruzaban mi espalda y mis nalgas lo atestiguaban. Este castigo era casi la norma.
Sentí el primer azote lamer la piel de mi espalda y no pude evitar un estremecimiento de dolor. Estremecimiento que causó que las astillas se clavasen más en mi torso y en la fina piel de mis antebrazos. De mi boca llena de tela se escapo un gemido que no pude ahogar. A ése le siguió otro al recibir el segundo azote. Restallaban con furia contra mi piel, arrancando gemidos y gritos de dolor de mi garganta. No gritaba por lo que hacía a mi cuerpo. Gritaba por lo que le hacía a mi alma que estaba en sangre viva.
Se ensaño con mi piel. Quería verla marcada por completo y no cesaría hasta lograr su cometido. Llegó el momento que el dolor fue tal que mi cuerpo creó una barrera, al igual que mi mente. Ya podía hacer lo que quisiera a mi piel que no iba a doler más, porque había llegado al límite. Si seguía me mataría, pero era demasiado listo para llegar hasta ahí. Él quería una puta viva para seguir ensañándose con ella cada vez que su frustración llegase al máximo y necesitara desahogarla de la única forma que sabía hacerlo. Perdí el conocimiento y no sé que sucedió después. Al despertar estaba tirada sobre una manta sucia y hedionda, la cual se pegaba a mis heridas. Todo me dolía, no podía ni quería moverme. Solo quería olvidar. Cerré los ojos… y busqué el olvido una vez más.


