El Capricho
Hacía varias semanas que se sentía inquieta, sin saber qué quería, ni cómo calmar esa sensación que la invadía cada minuto que estaba despierta. Nada la calmaba, ni escribir, ni leer, ni mirar películas, que eran sus escapes cuando se sentía agobiada. Esa inquietud, esa ansia no la dejaba relajarse. Se sentía insatisfecha, sin ánimos de hacer nada de lo que hacía usualmente. Necesitaba algo y no sabía qué. Pensó que quizá tenía que romper la rutina. Era una persona metódica, todo a su tiempo, todo en orden. Tenía que hacer algo para cambiar un poco esa rutina porque se sentía estancada. Paralizada en el mismo sitio mientras los días pasaban sin cambio alguno para marcar el paso del tiempo. Esto era lo que pasaba por su mente minutos antes de quedarse dormida el viernes en la noche.Despertó el sábado como de costumbre. Despertador sonando, ella pulsando el botón para dormir cinco minutos más. Esos cinco minutos que se disfrutan y reparan más que el resto del tiempo que se ha dormido en la noche. Se desperezó, y comenzó su rutina diaria. La ducha, mientras colaba el café. Vestirse mientras tomaba sorbos de su café y daba caladas al primer cigarrillo del día, terminar su tocado minutos antes de marchar al trabajo. Mañana ajetreada con clientes, hasta la hora de comer. Regresar a casa para la comida, mirar la tele, en fin… la rutina.
Ese día rompería la rutina. Se llevó el café a la terraza después de comer y mientras observaba las personas que paseaban bajo su balcón, decidió que esa noche haría algo diferente. Unos días antes alguien le había enviado un correo, donde se anunciaba una fiesta temática en un club de la ciudad. Hacía años que no asistía a ese tipo de fiesta y mientras tomaba su café, decidió que ya tocaba hacerlo. Tenía que regresar al trabajo, así que apuro su café, reparó un poco su maquillaje y dejó su casa con un propósito fijo para esa noche.
Su tarde transcurrió una vez más, como de rutina. Pocos clientes por ser sábado, mucho tiempo en sus manos para pensar, para planear, para soñar despierta. Aprovechó ese tiempo para escoger mentalmente lo que se pondría esa noche. Fue descartando cosas que tenía en el armario. Se le presentaba un pequeño dilema. No sabía si iría de gata, o Señora. Finalmente se decidió ir vestida como más cómoda se sentía: de sensual, olvidando los roles y centrándose en ella misma.
Al terminar la jornada laboral, solo le tomó unos minutos llegar a casa. Se despojaba de su ropa camino al baño. Recogió su melena en un moño y se metió a la ducha para refrescarse y cerciorase que estaba bien depilada. Inspeccionaba su cuerpo bajo el chorro del grifo para irlo despertando de su letargo.
Enjabonaba su cuerpo con la esponja de esparto, dejando un rastro de burbujas que iba aclaraba con el grifo. Al llegar a sus pechos, frotó la esponja con más presión. Sus pezones reaccionaron casi de inmediato, endureciéndose con el material tosco de la esponja. Recostó su espalda en las baldosas y levantó una pierna al borde de la bañera sin dejar de frotar sus pezones. Llevó la mano que sujetaba el grifo a su entrepierna y su sexo abierto recibió el chorro de agua caliente como si se tratase de una descarga eléctrica. Su cuerpo se estremeció de placer y ella siguió frotando con la esponja, mientras acercaba más el chorro a su coño. Cerró los ojos y dejó caer la esponja para poder acariciar sus pezones con pellizcos que la excitaban más; tiraba de ellos suavemente, los pinzaba con sus uñas, mientras usaba el grifo con su chorro de agua caliente para frotar su clítoris. Los gemidos de placer fueron intensificándose, al tiempo que sus manos aceleraban el ritmo al acariciar sus pezones y su coño. Frotaba el grifo contra su sexo abierto con más ímpetu, y sus dedos pellizcaban y retorcían sus pezones sin descanso. Los primeros indicios de una leve presión en sus entrañas la animaron a seguir frotando. Lo hacía con los ojos cerrados centrando toda su atención en las sensaciones que recorrían su cuerpo mojado. Su cuerpo se tensó con el comienzo de la primera contracción, un mar de olas la hizo retorcerse de placer contra las baldosas frías mientras gemía de gozo. Las piernas le flaqueaban y dejó su cuerpo deslizarse hasta quedar en cuclillas en la bañera.
Esperó unos minutos para tomar aliento, y se aclaró con agua fresca. Salió de la ducha y se secó con una toalla suave y esponjosa. Aplicó crema a su cuerpo, que seguía con los nervios a flor de piel. Cada centímetro de piel estaba deseoso de más y así lo quería ella. Terminó de aplicar la crema y se dedicó a maquillarse. Se limitó a matar el brillo de su cara con polvo traslucido, delineó sus ojos en negro intenso, lo cual los hacían parecer más grandes aún, rimel y carmín rojo pasión para sus labios. Se miró al espejo y le gustó lo que vió. Su cara daba la impresión de ser dominada por unos inmensos ojos de gata y una boca de labios carnosos de puta vulnerable. Satisfecha con el resultado, recogió su melena en un moño estilo japonés, con unos finos palitos chinos lacados en negro. Se inspeccionó ante el espejo y quedó muy satisfecha con el resultado final.
Salió del baño desnuda y fue hacia su dormitorio para terminar de vestirse. Escogió bragas negras de encaje con liguero a juego, medias de rejilla fina, zapatos rojos de tacón de aguja y una camisilla negra con dibujos bordados en hilo rojo muy descotada que dejaba su espalda desnuda. Mientras sacaba las prendas de los cajones, iba vistiéndose. Lo último que sacó del armario fue un traje negro, de falda estrecha y chaqueta de corte italiano, un conjunto elegante, discreto e impecable. Lo último que hizo fue calzarse, y rociar su cuerpo con su esencia favorita. Al devolver el frasco de perfume a su lugar, sus ojos se tropezaron con su collar de gata, y sin pensarlo lo tomo de su sitio y lo ato a su cuello. Un collar fino de cuero negro, con un cascabel dorado colgando de una anilla. Sonrío al escuchar el tintineo del cascabel, le gustaba como se sentía la piel del collar contra la suya.
No se miró al espejo. Sabía que si lo hacía, terminaría quitándose el collar y no quería hacerlo. Tomó su bolso y las llaves de casa y salió a la calle. Detuvo al primer taxi que vió desocupado y le dio la dirección al conductor. Quince minutos después estaba ante la puerta del local. Faltaban diez minutos para la una de la madrugada, temprano aún para ese tipo de evento, pero estaba segura que ella no sería la primera en llegar.
En esos momentos tuvo unos segundos de dudas, podría regresar a casa y seguir con su rutina, o bajarse del taxi y cambiar esa rutina de una vez por todas y comenzar a hacer cosas nuevas para romper la monotonía. Solo dudó unos segundos. Sacó dinero de su billetera y pagó el importe del taxi, se bajó del mismo con una sonrisa en los labios y se encaminó hacia el local.
Ya no había marcha atrás, ni quería que la hubiese. Quería nuevas sensaciones, nuevas emociones. Algo que la hiciera estremecerse y que derrumbase todas esas paredes que se había impuesto ella misma, encasillándose en un mismo sitio durante tánto tiempo. Ya era hora de tirar esas paredes y vivir, se lo debía a si misma.
Llegó a la taquilla del local y pagó el importe sin fijarse en el chico que le cobró. Recibió el cambio y entró en la fresca penumbra del local. El local era como cualquier otro de los miles que hay en las grandes ciudades: una barra, mesillas con sillas para tomar una copa mientras escuchabas música y ese olor desagradable de tabaco que impregna todo. Lo que hacía éste diferente era que al final de la barra, en la pared del fondo, había un arco separando una habitación amplia del resto del bar. Ella primero fue a la barra y pidió al camarero un ron con hielo. Cuando tuvo su copa delante, la llevo a su boca y aspiro el olor del ron mientras tomaba un sorbo de la bebida. La saboreó con los ojos cerrados, dejando que el líquido se deslizara poco a poco por su garganta disfrutando del escozor. Pagó el importe y se dirigió hacia el arco.
Cruzó el umbral y detuvo sus pasos para dar una mirada de reconocimiento a la habitación. Era bastante amplia, con bancos pegados a las paredes, los asientos de los bancos eran acolchados y forrados con tela de un color que no pudo determinar por la poca luz. En el centro de la habitación había una cruz de madera de unos dos metros de alto, un potro y una jaula de hierro.
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Pensó para si misma, mientras seguía el recorrido de la habitación con su vista. Había al menos tres decenas de personas sentadas en los bancos, o hablando en pequeños grupos. Todos desconocidos para ella, o al menos no reconoció a nadie. Observó hasta encontrar un banco vacío y sus pasos la llevaron a él. Tomó asiento y se dedicó a observar sus alrededores y las personas que entraban y salían.
Llevaba un rato ensimismada en sus pensamientos cuando se sintió observada. Recorrió toda la estancia con la vista y no vió que nadie la mirase. Achacó la sensación de ser observada a los nervios, y volvió su atención a su copa. Sacó un cigarrillo de la pitillera y cuándo fue a encenderlo, una mano se le acercó con fuego para hacerlo. Sobresaltada por la inesperada ayuda casi no atina a llevar el cigarrillo al fuego.
Levantó la mirada para agradecer la ayuda y se quedó sin habla. Hacia meses que no veía aquellos ojos, de una mirada tan intensa que le robaban la respiración. Miles de imágenes volaron por su mente en unos segundos. Todas las imágenes morbosas, intensas llenas de pasión, deseo y dolor, del pasado. No hubo palabras, todo fue dicho con las miradas. Él se acercó y ella noto que en su mano iba una fina correa de cuero negro, la cual prendió a su collar.
-Vamos, gata
Fueron las únicas palabras que pronunció, no hicieron falta más. Ella apagó su cigarrillo, apuró el contenido de su copa y se puso en pie para seguirle donde Él la llevase. Caminaba dos pasos detrás de Él, mentón en alto, mirada al frente y con cierto paso felino en su andar. Nadie al verla diría que se sentía completamente líquida. Como si fuese hecha de millones de gotas de agua que en cualquier momento se esparramarían por doquier. El ansia que sentía la hacía reaccionar sin pensar, porque no quería pensar. Sí pensaba lo que estaba haciendo en esos momentos, saldría corriendo como una desquiciada. Controló su miedo y siguió caminando detrás suyo sin perder paso. Ella sabía que podía poner fin a todo de una vez por siempre con solo quitarse la correa que los unía, pero no lo hizo. No quería romper ese lazo que la hacía completamente suya, porque había estado esperándole muchísimo tiempo y no iba a dejar que el miedo la alejase de él una vez más.
Llegaron a la salida del establecimiento y Él pidió su coche. Unos minutos después se encontraba sentada a su lado, de camino, sin saber dónde la llevaría ni que haría con ella, pero eso le traía sin cuidado. Estaba a su lado y eso era lo único que importaba. Cerró los ojos y recostó la cabeza al respaldar del asiento para calmarse. Podía olerle, oler su colonia y deseaba poder acurrucarse en su regazo y esconder la cara en su cuello para aspirarlo y llenarse de él una vez más. Aparto las imágenes que le venían a la mente porque no quería pensar en el pasado. Quería disfrutar del presente y dejar el pasado donde pertenecía, en el pasado.
- Si quieres descansa un poco, tardaremos en llegar
Le dijo, sin dejar de mirar la autopista. Ella abrió los ojos para mirarlo un momento y volvió a cerrarlos para acomodarse. No habían pasado unos segundos cuando sintió los dedos de su mano colarse entre la tela de su top y su piel. Busco el pezón y lo acaricio tiernamente para después retorcerlo sádicamente. Ella gemía de dolor y se contoneaba contra el asiento del coche mientras su entrepierna se humedecía, deseando que Él parase y la tomase en el lateral de la autopista sin importarle quien los viese ni qué sucediese. Quería sentirlo dentro de ella, sentir una vez más cómo la llenaba hasta dejarla completamente saciada por el momento, pero no lo hizo. Volvió a retorcerle el pezón y retiró su mano sin decir más.
-¿Como piensa que voy a poder descansar así?
Pensaba para sí misma mientras sentía la humedad que se había acumulado entre sus muslos. Debía estar más agotada de lo que pensaba, porque se quedó adormilada. Abrió los ojos sobresaltada cuando el coche se detuvo. Al abrirlos lo que vió la hizo sonreír y mirarle a Él con una sonrisa llena de ternura y agradecimiento. Estaban estacionados en una playa y lo que tenían delante era el mar. Un mar turbulento, iluminado por la luz de la luna. No podía creer que en una sola noche sus dos pasiones se juntáran para llenarle el alma de tal manera que casi le saltan las lágrimas de felicidad. Todo gracias a Él y su mirada así lo clamaba.
-Ven… ven… gata
Y la gata obedeció. Se acomodó en sus regazo y le ofreció su boca para que Él degustase de ella a su antojo. Él la beso tiernamente al principio, después sus besos se fueron haciendo más violentos. Le mordía la lengua, los labios, el mentón, hasta bajar a su cuello y mordisquearlo dulcemente. Mientras la besaba, su mano recorría su cuerpo por encima de la tela que lo cubría. No tocaba su piel, y ella lo deseaba. Deseaba tanto sentir el tacto de piel contra piel que se lo pedía una y otra vez entre suspiros de deseo. Al escuchar sus maullidos de súplica, Él sabía que ya estaba lista.
-Alto!!
Le dijo en voz firme.
-He dicho, Alto!!
Tuvo que repetirlo, porque ella seguía con los ojos cerrados y retorciéndose de deseo mientras maullaba. Al escucharle, ella abrió los ojos y lo que Él vio le hizo sonreír. Ella seguía siendo su gata. Él conocía bien esa mirada. Una mirada cargada de deseo, amor y entrega, que no había cambiado un átomo con el paso del tiempo y la distancia que los había separado. El bajo del coche y fue a abrir su puerta y ella espero pacientemente mientras lo hacía.
- Baja del coche y desnúdate gata
Escucho sus palabras y se encontró respondiéndole como siempre lo había hecho, como si solo hubiesen pasado unas horas en vez de un año, desde la última vez que lo hizo.
- Si, mi Amo
Bajo del coche y sintió como el tacón de su zapato se clavaba en la arena. Hizo ademán de levantar la pierna para descalzarse pero no llego a hacerlo, su voz la freno en seco.
- Deja los zapatos, puta
- Si, mi Amo
Salió del coche y con los tacones clavados en la arena, se fue desnudando. Primero la chaqueta, la cual doblo con cuidado y puso sobre el asiento del coche, después hizo lo mismo con la falda. Él solo la observaba, no perdía moviendo que ella hacía. Lentamente se deshizo de la camisetilla que cubría sus pechos y parte de su espalda, quedando ante el en braga y liguero.
-Las bragas también, vamos!!!
Por un momento sintió reparo al escuchar sus palabras, pero volvió a responder su asentimiento mientras las deslizaba por sus piernas lentamente. Le costo un poco quitárselas del todo ya que los tacones y la arena, seguían entorpeciendo sus movimientos. Al quedar ante Él en tacones, medias, liguero, collar y cadena, Él se dio por satisfecho.
-A cuatro patas, gata!!
Ella obedeció al escuchar sus palabras, pero le miro a los ojos un instante y le sonrío antes de bajar su mirada y postrarse a cuatro patas a sus pies y hacerle una reverencia a su Amo. Él se agacho para tomar la cadena que le colgaba del collar, se incorporo y dio un leve tirón para que ella lo siguiese. Ella gateó detrás de su Amo hasta ponerse a su lado. La cadena no hacía falta, era más un símbolo que otra cosa, ya que Ella conocía sus gustos. Llegaron a orillas del mar, y él le quito la cadena.
-Descálzate, puta!!
Ella comenzó a hacerlo nada más escucharlo, no quería que las olas que se estrellaban en la orilla fueran a mojarlos, y respondió.
-Si, mi Amo
Se quito los zapatos y los tiró hacía el coche para volver a ponerse a cuatro patas esperando sus órdenes.
-En posición de reposo, gata
Le dijo mientras se alejaba hacía el coche.
-Si, mi Amo
Respondió mientras se sentaba sobre sus talones y posaba sus manos abiertas sobre sus rodillas. La arena mojada se pegaba a la piel de su entrepierna y la hacía moverse intranquilamente mientras intentaba acomodarse mejor para evitar el contacto. Logro acomodarse a su gusto, y por fin quedo quieta para aguardar su regreso.
No tuvo que esperar mucho. Regresó a su lado a los pocos minutos. En su mano llevaba un maletín de cuero negro que dejo en la arena a su lado, para luego agacharse y sacar del mismo una capucha negra. Con la capucha en la mano, se acerco a ella y sin decir nada, se la puso, teniendo cuidado con la cuerda que se utilizaba para ceñirla al cuello no fuese a enredarse en los palillos chino. Una vez ceñida la cuerda a su cuello, quedo completamente desorientada. Era la primera vez que llevaba capucha, y se sentía un poco violenta, pero no dijo nada. Al encapucharla la privaba de los dos sentidos que más la ayudaban a relajarse y de los que más disfrutaba. La vista, y el olfato.
-¿Estas bien, gata?
Le susurro al oído mientras sus manos acariciaban y después pellizcaban sus pezones.
- Si, mi Amo… estoy bien
Le respondió mientras lamía sus labios resecos y dejaba escapar un suspiro entrecortado. El ansia que sentía en esos momentos la hacía sentirse viva, llena, completa y con deseos de gritarlo a los cuatro vientos. Demasiado tiempo había estado adormilada esa ansiedad, la única que es provocada por el deseo de placeres oscuros y él la estaba despertando a una velocidad de vértigo. La sacó de sus ensoñaciones el contacto de su mano en la suya y el roce de una cuerda suave que ceñía a su muñeca, para llevar esa mano a su espalda. Tomó la mano que seguía sobre su rodilla y con cuidado, la llevó a su espalda para hacer lo mismo que había hecho con la otra. Ella no dijo palabra, solo pensó que la privaba de otro de sus sentidos, y por un instante sintió miedo.
Aspiró profundamente y dejó escapar el aire entre sus labios resecos, para calmar un poco el vértigo que la embargada. No podía escucharle por el sonido de las olas y sin poder verle, se sentía demasiado desconectada de él. No quería dejar escapar el grito que pugnaba por escapar de su garganta. Poco a poco se fue calmando hasta centrarse en el único sonido que percibía a través de la capucha, el mar. Las olas eran como un bálsamo para sus nervios crispados.
El primer impacto la tomó completamente desprevenida. Un golpe en medio del pecho con algo que explotó y resbaló por su estomago dejando todo pringado a su paso, para finalmente caer entre sus rodillas. Por un momento ella pensó que era arena mojada, pero si así fuese no dejaría su piel tan pringada, se dijo a si misma. Descartó esa idea mientras un espasmo de revulsión recorría su cuerpo. No se había recuperado del primer impacto cuando el segundo la alcanzó en el hombro derecho y resbaló por su teta. Volvió a sentir como dejaba su piel pringada y su estomago se contrajo con la revulsión que sentía. El no poder ver lo que se estrellaba contra su cuerpo con aquel impacto seco, la estaba sacando de si.
-Puedes intentar esquivarlos, puta!
Escuchó que él le decía con voz segura. Al escuchar sus palabras, ella intentó ponerse de pie. El primer intento falló, justo segundos antes de ser alcanzada una vez más en el brazo izquierdo. La revulsión que sentía le dio fuerzas para ponerse en pie y se quedó quieta dónde estaba, no sabía hacia dónde correr para esquivar lo que él lanzaba. Justo en ese momento otro proyectil le dio en el muslo derecho. Eso la hizo ponerse en acción. Comenzó a moverse de un lado a otro, solo unos pasos hacia cada lado. Pero sin seguir el mismo ritmo. Así pudo evitar el próximo proyectil. Lo supo porque él se lo dijo entre risotadas, pero el siguiente la alcanzó en el estomago. Ella se giró y le dio la espalda. Al hacerlo escuchó una carcajada y un nuevo proyectil se estrelló contra su nalga derecha. Sin querer, le había dado un blanco perfecto para sus proyectiles. Él se ensañó con su gata. La bombardeó una y otra vez, riendo al ver sus movimientos fútiles pero que lo estaban poniendo cachondo al ver como se contoneaban sus tetas y sus nalgas con los movimientos que hacía.
-Alto!!!
Le dijo en voz lo suficientemente alta para que ella lo escuchase. Ella obedeció nada más escucharle.
-Si, mi Amo
Asintió con voz entrecortada por la falta de aire, ya que estaba jadeando bajo la capucha. Su afán por evitar los proyectiles se había convertido en una danza alocada que la dejó con la respiración entrecortada.
-Gira hacía mi voz, gata
Ella hizo como él ordenaba y giró hacía dónde venía su voz.
-Arrodillada Gata!!
-Si, mi Amo
Respondió ella mientras obedecía. Se dejó caer de rodillas en la arena, sintiendo como ésta se le pegaba a la piel pringosa de sus piernas, nalgas y hasta en los labios de su sexo que también estaban húmedos, pero de sus propios jugos.
-Ven, gata.. ven!
Ella le escuchó y mientras susurraba un Si, mi Amo que él no llegó a escuchar, gateó hacía él. Gateaba con el mentón en alto y el pecho erguido. Ella sabía que la estaba observando, y quería que viese lo realmente hermosa que era su gata, hasta cuando estaba en unas condiciones tan deplorables. Ella sabía que eso la hacía más apetecible para él si eso fuese posible, ya que era prueba indudable de su entrega. Dejó de gatear cuando su rodilla se posó sobre algo que no era arena. Pensó que podría ser una toalla o una manta y no quería ensuciarla.
-Bien hecho, gati.
Escuchó su voz muy cerca de su oído encapuchado. Una ola de deseo recorrió su cuerpo mientras la escuchaba. A esa ola se le sumaron otras cuando sus manos comenzaron a magrear su piel. Acariciaban y esparcían la sustancia pegajosa por sus tetas, mientras las magreaba y pellizcaba los pezones. Sus manos iban de sus tetas a su coño y después a sus nalgas para hacer lo mismo. Al hacerlo no dejaba de susurrar a su oído el placer que sentía al tener a su puta con él una vez más. Le decía en una voz queda lo que disfrutaba teniéndola así, sometida y disfrutando con él. Ella no podía responder. La voz le fallaba cuando él la tocaba así. Solo maullaba de vez en cuando entre los gemidos de placer que le provocaban sus caricias y torturas.
Se vió liberada de la capucha y tomó una bocanada de aire para llenar sus pulmones. Nada más hacerlo, supo lo que cubría su piel. El olor lo delataba y supo por qué la había encapuchado. Su cuerpo estaba cubierto de restos de higo. Se sobresalto al sentir el azote que cayó en su nalga, y dejó de pensar para dedicarse a sentir y disfrutar. Él le azotaba las nalgas con una mano, mientras recorría su cuerpo con la otra. Un azote, un pellizco en el clítoris. Otro azote, una caricia suave a un pezón. Otro azote y la caricia se volvía un suplicio cuando sus uñas se clavaban en la carne tierna del pezón. No aguantaba más el castigo a sus nalgas. Sentía que las tenía al rojo vivo, que echaba fuego por la piel, de los azotes que habían recibido, pero él no se detuvo. Ella comenzó a llorar de dolor, a suplicar, pero ni así cesó el castigo.
Se vió con la mejilla pegada a la arena cuando él le asestó un empujón y cayó de bruces sobre la misma con el culo en pompa, para hacerlo más accesible a sus azotes. No dejó de azotarla y ella no cesó de suplicar que dejase de hacerlo. Hizo un pequeño hiato para abrirle las nalgas y enfundar su polla en su culo de un empellón. Por un momento sintió como si la partiese en dos y sus súplicas se convirtieron en llanto y sollozos. Una vez enfundada por completo, relajó su cuerpo. Al hacerlo, se preparó para aceptar gustosamente sus embestidas. Los azotes seguían, pero más suaves, más en son de caricia que castigo, mientras él tomaba su tiempo buscando el ritmo para la danza. Sus caderas comenzaron a contonearse con las nuevas sensaciones que sus embestidas le estaban haciendo sentir. Sus sollozos se fueron tornando en gemidos y maullidos de placer, dejándole saber cuánto disfrutaba en esos momentos.
No tardó en sentir la presión que se iba acumulando en el centro de su ser. Tomando más ímpetu con cada embestida, con cada azote que le daba a sus nalgas, con cada apretón que le daba a sus pechos. Un maullido desgarró la noche, maullido que brotaba del centro de su ser, mismamente desde su coño vía su garganta. Maulló frenéticamente entre sollozos y palabras de deseo al sentir que las olas de placer iban a reventarla en mil pedazos, maullaba rogándole una y otra vez el poder terminar. –Ahora puta, correte ahora!!!-
Escuchó que le daba permiso para hacerlo y se dejó llevar por las olas que la sacudían como si de una muñeca de trapo se tratase. Sintió a la vez las sacudidas de su cuerpo sobre el suyo. Él la acompañaba en su vuelo al infinito, a lugares recónditos que no tienen fronteras, lugares que solo pueden llegar dos que en breves momentos se convierten en uno. Perdió la noción de todo. Solo existía el éxtasis de saberse suya otra vez. De volver al lugar donde había sido tan feliz, para disfrutar de él una vez más. Para disfrutar de SU capricho.
Abrió los ojos y miró su cara sonriente, mientras él le decía.
-¿Quieres más higos, putis?



